El lunes 27 de julio a las 02.15 de la madrugada nueve jóvenes de la parroquia de San Pablo VI de entre 15 y 23 años se congregaron en la puerta de la parroquia para emprender una aventura. Se trataba de una convivencia de cinco días en Mallorca acompañados por un servidor, párroco casi cincuentón de San Pablo VI; todo un reto 😊
Tras despegar a las 5.20 de Barajas - Adolfo Suárez aterrizamos 50 minutos después en Mallorca. En un cerrar y abrir de ojos estábamos en la isla. Tras la gestión de los coches de alquiler nos dirigimos hacia el Puig Santa (María) Magdalena, un cerro ubicado muy cerca de Inca, el conocido municipio mallorquín famoso por sus manufacturas. En lo alto del monte se encontraba la ermita dedicada a la querida apóstol de los apóstoles, la Magdalena. Desde allí se divisaban 32 municipios de la Isla, la sierra de la Tramontana y el mar Mediterráneo; cuando uno se eleva hacia Dios y los santos, se ve más.
Tras alojarnos en el sencillo albergue, hicimos lo más importante: celebrar la Eucaristía para poner en manos de Jesús los días que íbamos a pasar de convivencia, con el deseo de que Jesús fuera el centro y nos enseñara a querernos como Él lo hace, y a disfrutar y agradecer los regalos que nos da, que son tan abundantes.
Tras celebrar los sagrados misterios procedimos a los aspectos logísticos: seis jóvenes ordenarían el albergue; cuatro haríamos la compra. Comprar, limpiar y cocinar ha sido algo que nos ha unido más, que nos ha hecho bien. Nos conviene trabajar juntos, servirnos, entregarnos. Los macarrones nos supieron a gloria gracias a la mano experta de los novios que nos cocinaron toda la semana.
Después de una merecida y necesaria siesta llegaba el turno de acercarnos al mar. El mar tiene algo que nos atrae y maravilla, que nos divierte y refresca. Un balón, unos juegos, unos chapuzones y a regresar al albergue para cenar y no tardar mucho en dormir. El martes nos aguardaba una peregrinación hacia María 👍
El martes 28 amanecimos a las 7.00, y fue un día largo e intenso. Los bocatas los dejamos preparados la noche anterior. Después de un desayuno ágil nos dirigimos hacia Caimari, el municipio del que partiría nuestra peregrinación hacia el Santuario de la Virgen de Lluc, patrona de Mallorca. Los carteles anunciaban que la distancia a la casa de la Virgen se recorría en algo más de dos horas, pero no sabíamos que debíamos salvar una altura considerable. Al comienzo de la marcha rezamos y pensamos por qué personas e intenciones íbamos a ofrecer la jornada. Después comenzamos la caminata en silencio. Nos propusimos seguir las indicaciones del Papa León XIV a los jóvenes en Madrid: “practicad el silencio”. Fue un tiempo para contemplar la naturaleza, y nuestro interior. Y reconocer que nos cuesta este lenguaje. Tras media hora contemplativa continuamos la marcha ya dialogando entre nosotros, contando y cantando. Los cantos de unos animaban a los otros, y así realizamos la peregrinación hasta María.
Al llegar al Santuario nos aguardaba el vicario, el P. Vicenç, que con mucha amabilidad y caridad nos enseñó el santuario, nos contó su historia y nos llevó hasta la imagen de la Virgen, donde pudimos rezar con pausa. La celebración de la eucaristía supuso el broche de oro al esfuerzo de la subida hasta Lluc.
Los bocadillos y el agua nos supieron a gloria, nos hicieron reponer fuerzas y disponernos a continuar con la jornada. Después de una mañana de peregrinación, oración y celebración, llegaba el turno de bajar a la cala de San Vicenç, y descubrir la belleza de las costas mallorquinas.
A las 18.00 estábamos de vuelta en el albergue: era el tiempo de las duchas y la preparación. Los jóvenes de la parroquia de inca, pertenecientes al grupo “La aventura de Jesús”, habían organizado una Hora Santa para que rezáramos juntos, se pudieran confesar, y después tener un rato de convivencia.
El Señor es el mismo en Móstoles y en Inca; nos gustó también que los cantos de adoración fueran también similares y los pudiéramos seguir. Servidor estuvo confesando la hora larga que duró la adoración. Tras la bendición con el santísimo vino otra: un rato de convivencia para conocernos mutuamente. Conversaciones, juegos, intercambios… los jóvenes de la Iglesia y del Señor, con acentos distintos, se reconocen y se encuentran. Lo pasamos bien, probamos la sobrasada y otros productos típicos. Nos dejó un buenísimo sabor de boca la velada compartida.
El miércoles fue el turno de descansar un poco más. Nos dieron las 9.30 de la mañana en la cama… Después del desayuno y de la oración matutina nos dirigimos a conocer otra playa: juegos, paseos por la orilla, quemarnos un poco…
Preparar la comida fue una odisea porque se nos estropeó la cocina… A las cinco de la tarde estábamos comenzando nuestro almuerzo, hambrientos y agradecidos a los cocineros.
Esa tarde, después de las duchas, tocaba subir a la Cruz del Puig de santa Magdalena. Allí, en lo alto, vimos el atardecer y celebramos lo más grande que tenemos: el santo sacrificio de Cristo. Celebrar la Misa en la cima siempre es hermoso. Es el templo de la Creación que da gloria a su Creador. Que siempre te celebremos Señor, con toda nuestra vida, en todos los momentos y lugares.
Al anochecer, con la luna por testigo, cantamos la oración de Noche (HKN) y todo se hizo muy real. Fue uno de los momentos álgidos de nuestra convivencia en Mallorca. Conectamos con el Señor, con la Creación, con las intenciones de la humanidad, nos hicimos intercesores, y pedimos por todo y por todos.
Para terminar el día, la cocina se terminó de estropear… y terminamos cocinando en el restaurante anejo al albergue. No sólo nos ayudaron, sino que nos regalaron una rica tarta… ya sabéis, pedid y se os dará… el ciento por uno.
El jueves fue el día de descubrir a un gigante de la evangelización: san Junípero Serra. El fundador de las ciudades de San Diego, San Francisco y Los Ángeles -y varias más en la actual California- nació en Petra, un pueblo del interior de la isla mallorquina. Quizá se trate del mallorquín más universal, cuya estatua está presente en el mismo Capitolio, pero muy desconocido para las jóvenes generaciones.
Visitamos el museo y la casa natal -donde han estado en varias ocasiones los reyes de España-, descubrimos la humildad y sencillez de su hogar natal, y la grandeza que puso Dios en su corazón. El prometedor Serra, doctor en teología y profesor, solicitó marchar a las misiones, y las realizó como pocos en la historia de la Iglesia. Miles de kilómetros recorridos a pie; decenas de asentimientos edificados junto a los indígenas a los que llevaron la buena noticia del evangelio, las letras, las técnicas de agricultura… Lo compartieron todo con ellos, la vida, hasta la muerte, que le encontró en la misión de san Carlos Borromeo.
La Misa con los hermanos franciscanos de origen mexicano que nos hicieron de guías fue el colofón a esta mañana, en la que pedimos que el Señor pusiera en nuestros corazones el ardor misionero de Junípero.
En la tarde nos dio tiempo a ir a despedirnos de la playa, a tener un pequeño encuentro con el P. Carles, el “culpable” de que hayamos realizado la convivencia en Mallorca. Y el final del día fue para la divertida velada final, con presencia de distintos personajes que amenizaron la noche y nos pusieron a prueba para sacar de nosotros las mejores carcajadas. Los jóvenes y flamantes monitores de tiempo libre demostraron también todo lo que han aprendido este curso proponiéndonos unos entretenidos juegos con los que cerramos el día.
El viernes era el día de la despedida, y lo hicimos por todo lo alto. Tras la recogida y limpieza del albergue, la adoración matutina lo puso todo en manos del Señor. Después tuvimos el regalo de conocer el testimonio de un joven matrimonio formado por María y Jesús, cuya boda el pasado mes de octubre fue la ocasión remota de que acabáramos nosotros en esta preciosa isla.
Conocer sus caminos de fe, de discernimiento, sus luchas, sus dudas, su perseverancia y confianza en el Señor fue de gran ayuda. Es posible vivir la fe en la edad juvenil, confiar en los caminos del Señor, aunque tengas 30 años y aún no hayas descubierto a la persona de tu vida… Pero si estás bien dispuesto, al final llega. Y por eso Jesús y María nos transmitieron tanta alegría por vivir la fe juntos, ahora como esposos, y esperemos que pronto como padres.
Aún quedaba algún regalo: nos esperaba la imponente catedral de Mallorca, sus naves estilizadas por esos arcos apuntados, sus contrafuertes para sostener una espectacular estructura. La reforma de Gaudí de principios del S. XX dio un espacio amplísimo al lugar celebrativo, presidido por el singular baldaquino del genio catalán. Lástima que ese genio no llegara también a la capilla del Sagrario… La vista de Mallorca, de su mar, desde las terrazas de la catedral pusieron el punto y final al recorrido por la isla mallorquina. Nos esperaba el aeropuerto, una hora y media de retraso y llegar al hogar.
Pudimos hacer balance compartido mientras esperábamos -que todo colabora el bien de los que aman al Señor- y estuvimos de acuerdo en tantos dones recibidos de Dios a lo largo de la semana. Las eucaristías y oraciones compartidas nos calaron bien el alma; la peregrinación a Lluc, el silencio y los cantos; las playas y calas y juegos y baños; la subida a la cruz y la celebración de la Misa en lo alto de la misma; la oración y convivencia compartida con los jóvenes de Inca, y también la nuestra; las conversaciones, las confesiones, la vida dada en el servicio y la alegría recibida.
Ha sido otra forma de pasar cinco días en Mallorca. Ha sido un paso de la mano de Jesús y María, y estamos contentos de haberlo vivido con ellos y entre nosotros.
Que la semilla dé fruto. La seguiremos regando


















































